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LA MUERTE DE HUGO CHÁVEZ . POR MARIO VARGAS LLOSA .
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Robert m
2013-03-11 14:22:10 UTC
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La muerte de Hugo Chávez
Lunes 11 de marzo de 2013
Herencia política
La muerte del caudillo
Por Mario Vargas Llosa 
Para LA NACION
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MADRID.- El comandante Hugo Chávez Frías pertenecía a la
robusta tradición de los caudillos que, aunque más presente en
América latina que en otras partes, no deja de asomar por doquier,
aun en democracias avanzadas, como Francia. Ella revela ese miedo a la
libertad que es una herencia del mundo primitivo, anterior a la
democracia y al individuo, cuando el hombre era masa todavía y
prefería que un semidiós, al que cedía su capacidad de
iniciativa y su libre albedrío, tomara todas las decisiones
importantes sobre su vida. Cruce de superhombre y bufón, el
caudillo hace y deshace a su antojo, inspirado por Dios o por una
ideología en la que casi siempre se confunden el socialismo y el
fascismo -dos formas de estatismo y colectivismo-, y se comunica
directamente con su pueblo, a través de la demagogia, la
retórica y espectáculos multitudinarios y pasionales de
entraña mágico-religiosa.
Su popularidad suele ser enorme, irracional, pero también
efímera, y el balance de su gestión infaliblemente
catastrófico. No hay que dejarse impresionar demasiado por las
muchedumbres llorosas que velan los restos de Hugo Chávez; son las
mismas que se estremecían de dolor y desamparo por la muerte de
Perón, de Franco, de Stalin, de Trujillo, y las que mañana
acompañarán al sepulcro a Fidel Castro. Los caudillos no dejan
herederos y lo que ocurrirá a partir de ahora en Venezuela es
totalmente incierto. Nadie, entre la gente de su entorno, y desde luego
en ningún caso Nicolás Maduro, el discreto apparatchik al que
designó como sucesor, está en condiciones de aglutinar y
mantener unida a esa coalición de facciones, individuos e intereses
encontrados que representan el chavismo, ni de mantener el entusiasmo y
la fe que el difunto comandante despertaba con su torrencial
energía entre las masas de Venezuela.
Pero una cosa sí es segura: ese híbrido ideológico que
Hugo Chávez maquinó, llamado la revolución bolivariana o
el socialismo del siglo XXI, comenzó ya a descomponerse y
desaparecerá más pronto o más tarde, derrotado por la
realidad concreta, la de una Venezuela -el país potencialmente
más rico del mundo- al que las políticas del caudillo dejan
empobrecido, fracturado y enconado, con la inflación, la
criminalidad y la corrupción más altas del continente, un
déficit fiscal que araña el 18% del PBI y las instituciones
-las empresas públicas, la justicia, la prensa, el poder electoral,
las fuerzas armadas- semidestruidas por el autoritarismo, la
intimidación y la obsecuencia.
La muerte de Chávez, además, pone un signo de
interrogación sobre esa política de intervencionismo en el
resto del continente latinoamericano al que, en un sueño
megalómano característico de los caudillos, el comandante
difunto se proponía volver socialista y bolivariano a golpes de
chequera. ¿Seguirá ese fantástico dispendio de los
petrodólares venezolanos que han hecho sobrevivir a Cuba con los
cien mil barriles diarios que Chávez poco menos que regalaba a su
mentor e ídolo Fidel Castro? ¿Y los subsidios y/o compras de
deuda a 19 países, incluidos sus vasallos ideológicos como el
boliviano Evo Morales, el nicaragÃŒense Daniel Ortega, a las FARC
colombianas y a los innumerables partidos, grupos y grupúsculos que
a lo largo y ancho de América latina pugnan por imponer la
revolución marxista? El pueblo venezolano parecía aceptar este
fantástico despilfarro contagiado por el optimismo de su caudillo;
pero dudo que ni el más fanático de los chavistas crea ahora
que Nicolás Maduro pueda llegar a ser el próximo Simón
Bolívar. Ese sueño y sus subproductos, como la Alianza
Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), que
integran Bolivia, Cuba, Ecuador, Dominica, Nicaragua, San Vicente y las
Granadinas y Antigua y Barbuda, bajo la dirección de Venezuela, son
ya cadáveres insepultos.
En los catorce años que Chávez gobernó Venezuela, el
barril de petróleo multiplicó unas siete veces su valor, lo
que hizo de ese país, potencialmente, uno de los más
prósperos del globo. Sin embargo, la reducción de la pobreza
en ese período ha sido menor en él que, digamos, en las de
Chile y Perú en el mismo período. En tanto que la
expropiación y nacionalización de más de un millar de
empresas privadas, entre ellas de tres millones y medio de
hectáreas de haciendas agrícolas y ganaderas, no
desapareció a los odiados ricos, sino que creó, mediante el
privilegio y los tráficos, una verdadera legión de nuevos
ricos improductivos que, en vez de hacer progresar al país, han
contribuido a hundirlo en el mercantilismo, el rentismo y todas las
demás formas degradadas del capitalismo de Estado. Chávez no
estatizó toda la economía, a la manera de Cuba, y nunca
acabó de cerrar todos los espacios para la disidencia y la
crítica, aunque su política represiva contra la prensa
independiente y los opositores los redujo a su mínima
expresión. Su prontuario en lo que respecta a los atropellos contra
los derechos humanos es enorme, como lo ha recordado con motivo de su
fallecimiento una organización tan objetiva y respetable como Human
Rights Watch. Es verdad que celebró varias consultas electorales y
que, por lo menos algunas de ellas, como la última, las ganó
limpiamente, si la limpieza de una consulta se mide sólo por el
respeto a los votos emitidos, y no se tiene en cuenta el contexto
político y social en que aquélla se celebra, y en la que la
desproporción de medios con que el gobierno y la oposición
cuentan es tal que ésta corre de entrada con una desventaja
descomunal.
Pero, en última instancia, que haya en Venezuela una oposición
al chavismo que en las elecciones del año pasado casi obtuvo los
seis millones y medio de votos es algo que se debe, más que a la
tolerancia de Chávez, a la gallardía y la convicción de
tantos venezolanos que nunca se dejaron intimidar por la coerción y
las presiones del régimen, y que, en estos catorce años,
mantuvieron viva la lucidez y la vocación democrática, sin
dejarse arrollar por la pasión gregaria y la abdicación del
espíritu crítico que fomenta el caudillismo. No sin tropiezos,
esa oposición, en la que se hallan representadas todas las
variantes ideológicas de la derecha a la izquierda democrática
de Venezuela, está unida. Y tiene ahora una oportunidad
extraordinaria para convencer al pueblo venezolano de que la verdadera
salida para los enormes problemas que enfrenta no es perseverar en el
error populista y revolucionario que encarnaba Chávez, sino en la
opción democrática, es decir, en el único sistema que ha
sido capaz de conciliar la libertad, la legalidad y el progreso, creando
oportunidades para todos en un régimen de coexistencia y de paz.
Ni Chávez ni caudillo alguno son posibles sin un clima de
escepticismo y de disgusto con la democracia como el que llegó a
vivir Venezuela cuando, el 4 de febrero de 1992, el comandante
Chávez intentó el golpe de Estado contra el gobierno de Carlos
Andrés Pérez, golpe que fue derrotado por un Ejército
constitucionalista y que envió a Chávez a la cárcel de
donde, dos años después, en un gesto irresponsable que
costaría carísimo a su pueblo, el presidente Rafael Caldera lo
sacó amnistiándolo. Esa democracia imperfecta, derrochadora y
bastante corrompida había frustrado profundamente a los
venezolanos, que, por eso, abrieron su corazón a los cantos de
sirena del militar golpista, algo que ha ocurrido, por desgracia, muchas
veces en América latina.
Cuando el impacto emocional de su muerte se atenúe, la gran tarea
de la alianza opositora que preside Henrique Capriles estará en
persuadir a ese pueblo de que la democracia futura de Venezuela se
habrá sacudido de esas taras que la hundieron y habrá
aprovechado la lección para depurarse de los tráficos
mercantilistas, el rentismo, los privilegios y los derroches que la
debilitaron y volvieron tan impopular. Y que la democracia del futuro
acabará con los abusos del poder, restableciendo la legalidad,
restaurando la independencia del Poder Judicial que el chavismo
aniquiló, acabando con esa burocracia política
elefantiásica que ha llevado a la ruina a las empresas
públicas, creando un clima estimulante para la creación de la
riqueza en el que los empresarios y las empresas puedan trabajar y los
inversores invertir, de modo que regresen a Venezuela los capitales que
huyeron, y la libertad vuelva a ser el santo y seña de la vida
política, social y cultural del país del que hace dos siglos
salieron tantos miles de hombres a derramar su sangre por la
independencia de América latina.
© LA NACION
~
Debido a la sensibilidad del tema, esta nota queda cerrada a
comentarios.
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11 MAR
Hegel
2013-03-11 14:48:40 UTC
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La dimensión humana - Chávez
Por Carlos Raimundi
Los grandes medios hegemónicos de habla hispana, esos que el pensador
mexicano Fernando Buen Abad caracteriza como el nuevo sujeto del
golpismo regional en reemplazo de las asonadas militares, no tuvieron
más remedio que dar al fallecimiento de Hugo Chávez el espacio central
que merecía.

http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-215434-2013-03-09.html
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